Un perro estaba parado en la luna, y con su lánguida lengua saludaba a la tierra. Resoplaba todas las noches con muchas ganas de volver a casa, pero el camino era muy largo y ni siquiera sabía cómo fue que un perrito como él había llegado a la luna. A veces se desesperaba de ver la tierra sin poder hacer nada para poder acercarse, entonces caminaba por todos lados y olfateaba las rocas lunares. Siempre olían a lo mismo: a ropa vieja y a zapatos cubiertos de polvo. El perrito extrañaba el olor empalagoso de los desayunos y del pan con mermelada, incluso extrañaba poder morder zapatos y sentir cómo se deshacían en su hocico. Pero llevaba ya mucho tiempo ahí. La mayor parte de la luna llevaba las permanentes huellas del andar del perro y él ya no recordaba si alguna vez había tenido un dueño. En la luna nunca hacía falta que lo metieran en casa, puesto que nunca soplaba el viento. En las grandes orejas agachadas a veces se le metía una música extraña y sutil como un sus...
algunas palabras, algunos sentimientos