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En el cementerio

Oye la historia que contóme un día

El viejo enterrador de la comarca,

El hombre tenebroso que debía

Ser la ayuda silenciosa de la parca.

El hombre que enterró con toda calma

Entre lloros y clamores tantos sueños

En ataúdes la fe y la esperanza

De rotos corazones plañideros.

La cara curtida y la piel adusta,

Tiene el enterrador de la comarca

Rota la ropa terrosa y parchada

Las manos huesudas como la parca.

Su oscura silueta carga la pala

El azadón, el tálamo mortuorio

En una marcha fúnebre callada

Que recorre el panteón con un sollozo.

Mientras movía tierra y flores secas

Con la vista perdida en la distancia

La historia de dos almas desdichadas

Contó el enterrador de la comarca.

Canto del enterrador

Ya viene apagándose

Las llamas rosadas en la distancia

Asfixiadas en la oscura

Noche que se deposita en las montañas

El sol se rompe entre las nubes

Y va regando su última luz

Por la calzada.

Empuja la reja y pasa

Lleva tus pasos mortales

Sobre la grava.

Los grillos están tocando

Con sus chirimías

Melodías tristes

Tristes chirimías.

El silencio se desgrana

Se rompe en ruido inexistente

La noche avanza

Púrpura toda y calma.

Lleva tus pasos mortales

Sobre la grava.

No mires y calla.

El viento pasa

Sobre este valle

Cama de almas

Susurra lápida contra lápida

Su silbido de mármol y granito

Lame sin vida

Monumentos de cal entumecidos.

Rompe hojas despeina matas

Juega el viento como un niño

Lleva las ráfagas osadas

Y golpea todo con su brío…

Toc, toc, toc…

Nadie abre la puerta de las tumbas

De la gente muerta

Cuida tus pasos

La tierra es polvo de osamentas

Todas las piedras

Llevan versos en sus pechos estampados,

Promesas de amor hacia una ninfa,

Niños que fueron hijos no logrados,

Rezos por padres olvidados,

Inscripciones amorosas

Que solo el tiempo ha custodiado.

Respeta el sueño de nuestros ancestros

Que la luna arrulla cariñosa.

Hay en estas tierras

Vírgenes tiernas

Y sangre de brujas.

En las entrañas de esta fosa

Duermen y aguardan

Santos y pecadores,

Pasan en silencio el día,

Pasan la noche entre rumores.

Lleva tus pasos mortales

Sobre la grava

No mires y calla,

Cierra tus ojos de carne

Que no perciban

La madre Coatlicue agonizando.

No mires, no escuches,

Que las almas rezan

Sollozando entre las cruces,

Sin paz, sin alivio.

No mires, no respires

Este aire enrarecido

Que huele a años olvidados,

A viejos llantos enmohecidos,

A cruces oxidadas,

A vivos que se han ido.

No mires, no toques

Este palacio que se desmorona,

Los días lo devoraron

Como devora el cielo la paloma,

Caen flores de las guirnaldas

Y se secan las coronas.

La tierra de las fosas viejas,

Es ahora tierra aplastada,

El panteón se traga las tumbas

Como los recuerdos

La memoria se los traga.

Con la nube del silencio

Quieren apagar los mortales

Tanto llanto y tanto rezo,

Con la flama trémula de un cirio

Descuartizar lo oscuro,

Develar la muerte y su misterio.

Cerca de la luna brilla un cuervo

Que cuida el camposanto,

Desde la rama de un sabino.

Las almas que están recostadas

Tienen pesadillas y dulces sueños.

Lleva tus pasos mortales sobre la grava

Y deja que disfruten del reposo eterno,

Míralos cómo duermen:

Cerrados los ojos invisibles,

Cruzadas las manos sobre el pecho,

El cielo arriba, la tierra por lecho.

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