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"La huraña vieja estaba sentada afuera de la puerta. El sol de marzo le tostaba las canas. Ya casi era semana Santa y con los escasos rayos apenas si alcanzaba a entibiarse el viejo chal de estambre. Los niños de la cuadra estaban de vacaciones y peloteaban con un balón de fut las paredes de las casas."
Desde que la recordaban, todos los vecinos habían visto a la vieja con ése mal carácter. Salía todos los días al sol, se sentaba en una silla de mimbre y ambas eran roídas por el polvo y el tiempo. A veces ella acariciaba un gato y otras veces les gritaba a los niños o les hacía mala cara a las señoras cuyas faldas eran muy cortas y sus casas muy descuidadas.
Ciertas veces, cuando aún caminaba bien, algunas de ellas le habían invitado un cafecito (hasta le habían ofrecido donas hechas en casa una vez) pero entonces la vieja aprovechó para reprenderlas (con malos modos, desde luego) por detallitos sutiles como la manera de educar a los niños y las costumbres de una señora decente. Ya hace años de eso y las señoras de la cuadra poco a poco han dejado de dirigirle la palabra.
Puedo apostar a que nadie sabe cómo se llama. A la gente no le gusta hablar con personas como ella, que vuelven las conversaciones un catecismo moral y que siempre empiezan con eso de “en mis tiempos...”; ni siquiera creo que alguien le de los buenos días alguna vez. Parece que ella ha sido anciana por siempre y que esas malas mañas de reprender a las gentes creyendo que lo sabe todo se las dio el diablo cuando le modeló la cara de tierra seca y arrugada, mil años atrás.
Antes la señora hablaba un poco, con el susurro de los árboles, con todas las cosas. Extraños cuentos les contaba, chismes inventados les decía, ¡quién sabe qué penas de amores le conoce su gato negro y gordo!, porque es segurito que las tiene pues aún se pinta los labios de un color carmesí tan inusual que parece sacado del infierno. Al pasar por su casa, siempre eran perceptibles sus labios murmurando sin sentido.
Tal vez hasta tuvo hijos, ya que su casa es muy grande para una vieja sola. Por el pasillo que lleva al zaguán, detrás de las pesadas puertas entreabiertas, se ven sonreír geranios, azucenas y rosales mientras ella echa bilis amarilla bajo el sol amarillo de la calle. Incluso en los días santos, tan quietos y solemnes, cuando el luto apaga los ruidos de las cosas, es posible percibir el roncar de una fuente que vive presa en su casa, ajena al carácter poco rubicundo de la dueña de la casa.
Debe ser una vieja muy abandonada ya que el lado de su casa que da hacia la calle está polvoso y telarañento; la pintura rosada se desprende y se cae a pedazos como los días de su vida, ¿por qué una mujer tan amarga posee una casa rosa? Con el áspero sol de los veranos, la vivaz tonalidad de la fachada se ha ido destiñendo, al igual que los dejos de alegría en el carácter de la vieja.
Un golpe amorfo pega en su casa y su obeso felino corre asustado hacia el patio. Esta vez se queda callada. ¡Quién sabe cuál historia estará pasando ahora por sus nubladas pupilas! Se le ven los ojos llenos de humo, tiene cataratas y quizá no haya visto el balón lodoso (ni la marca chocolatosa que dejó en la pared). Un niño redondo se acerca con la cautela torpe de un cachorro, toma el balón y huye como una lagartija.
La vieja ni lo nota, sigue absorta en sus recuerdos. Sus pies huesudos están cansados y deformes, probable resultado de noches enteras de danzón y zapatos picudos. Un niño desconocido que alguna vez entró en su casa, dice que vio muchas fotos de una señorita bien guapa y de un pachuco con traje oscuro y bigote de “chocomil”.
Está ella demasiado sola. Tirada a un lado del mundo, abandonada en su casa. Se hace vieja, se hace nada, se vuelve polvo y parte del camino. Se achica, se achaparra, se joroba y, cada vez más pequeña, se vuelve un detalle insignificante en la estampa de su pueblo.
Así son los viejos, se vuelven necios y regañones, tratan de hacer ruido antes de que el silencio se los trague por completo y no volvamos a oír jamás de ellos. Se vuelven invisibles y cada vez estorban menos porque tratan de arrastrar ellos solos su desgastada vida; no quieren estorbar, no quieren causar pena ni provocar lástimas y juegan a ser valientes.
Con sus manos de migajón, la vieja recoge después de mil intentos su silla de mimbre y trémulamente la acerca a las puertas de su añeja morada; ni siquiera recuerda de qué está hecha ¡pero que pesada le parece! No se da cuenta que también carga, sentados en ella, los recuerdos que vinieron a visitarla esta tarde.
Con el sol que se muere, todos comprenden que es hora de que la vieja huraña también se vaya; se difumina dentro de la casa y cierra delante de sus ojos las antiquísimas hojas de madera, se repliega en el secreto profundo de su casa, que no es sino una metáfora de su corazón. Pero nadie allá afuera la comprende, la cera de su cara escurre, se va agotando por que ella llora todas las noches con unos gemidos pequeñísimos, como de ratones.
Todos la llaman vieja, nunca nadie abuela. Su vida desgastada no le dejó más que recuerdos y soledad, puras tristezas salpicadas aquí y allá en todas sus pertenencias. Lo único que sabe de cierto, es que si uno regala su vida, tarde o temprano acaba muriendo. Le hace falta alguien que quite el polvo y las telarañas, aunque está tan acostumbrada a ellas que tal vez le duela si desaparecen. La gente está habituada a verla ahí y pasar de largo. Nadie se queda.
Por la noche tranquila y antigua de aquella colonia, una lucecita se incendia dentro de una casona rosada y pálida. En el aire se esparcen los tríos, con su sonido de guitarras y sus voces perfectamente acomodadas desparramándose del tocadiscos. Una tintura triste vierten los grillos en el tétrico silbido que se desliza por el aire. Un solo inquilino habita esa triste soledad, la vieja huraña se acuesta entre sus fotos y se ahoga entre los despojos de su juventud.
Deja en la ropa de cama el encendido lápiz de labios embarrado, y ésta es su única compañía. Chapada bajo antiquísimas leyes, lo único que la abraza es su camisón de holanes, porque su pachuco murió hace años víctima de alguna enfermedad inventada este siglo.
Los agitados aires de modernidad se engullen lo viejo, se la tragan a ella mientras los niños crecen y las mujeres consiguen amantes. También ladran los perros, eco de la modernidad; adentro de la casa su mundo del siglo pasado está muerto, pues es viejo. Sus días son pasto para las polillas, que la llevarán a donde la memoria de los hombres no pueda molestarla.
Ya vendrá el día en que no puedan despertarla, porque a una huraña vieja nadie desea recordarla.
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