
...Entonces se me iluminó la mirada.
Y el conejo descubrió que podía volar.
Se desplomó por los aires
y desplegó sus alas imaginarias.
Dejó atrás la amargura y se encontró
con prados hermosos.Ah, ¡que extraordinario
volar por la simple
voluntad de hacerlo!,
impulsado por el suave aletear de sus patitas,
convertido en una nube libre
propiedad del firmamento.
Era un lirio,
era otro animal,
atraído por la proximidad de las alturas,
repelido por la dura realidad del suelo.
Y desde arriba, allá a lo lejos,
agitaba su rabito saludando al perro
y el perro le respondía el saludo
creyéndole una mariposa.
Poco a poco, el conejo
se fue alejando;
se volvió una corriente,
se volvió algo impropio del suelo
y se convirtió definitamente
en algo que no podía ser conejo,
que no volvería a ser conejo.
Se convirtió en soñador.
Y de este modo,
el conejo estaba salvado.
Un día volvió a la tierra y corrió por el prado,
y no tuvo más miedo:
el conejo no podía ser alcanzado.
Sólo se eleva, se eleva, se eleva.
Porque un día caluroso,
mientras estaba al borde de la muerte,
descubrió que podía volar.
En memoria de Momo, Fufu Papachón, Tuzito y todos los demás conejos del mundo,
que caen porque nosotros, los mortales, no tenemos compasión.
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