Este pasado 7 de mayo, tuvimos una presentación con el ICED para festejar el día de las Madres; este es el poema que presenté:
Te he amado, desde siempre,
desde que aprendí que el corazón
aquí en el pecho, servía para algo.
Desde que fui primero
un grano de luz fecundo
sembrado en lo más tierno de tu seno.
Yo fui el río inquieto y sediento
que bebió de tí,
fui la criatura pequeña
que abrió tu ser al mundo
y te hizo trascender.
Al pasar los años
yo fui tu estela prolongada
fui tu retrato pintado
tus maneras usadas
tu viva imagen, pero en otra cara.
En mí se cumplieron todos tus milagros,
la gracia generadora de dar la vida.
Partiste el pan y comieron seis
y sobraba siempre
más de tu amor para repartirlo.
Yo jugué, yo crecí bajo tu sombra
despeinado, descuidado, quebradizo,
con las rodillas raspadas,
con la cáscara de la vida
filosa y brutal
marcándome las piernas y los brazos:
fui un niño que caía y se daba descalabros
pero tú, parchaste con tus besos
los retazos de mi llanto.
Yo no entendía entonces
la naturaleza de tu magia,
como un crío me dormía
al arrullo de tus nanas
y quería escucharte cantar siempre
en las sombras de mi cama.
Entre tus manos
mi manopequeñita floreció,
me hice hombre.
Me hice más duro, menos llorón,
me volví amante de otras manos,
de otras voces, crecí.
Pero nunca olvidé
el primer arrullo, del primer amor,
la voz en la cuna
de la primera que me amó.
Te he amado, desde siempre,
desde que aprendí que el corazón
aquí en el pecho, servía para algo.
Desde que fui primero
un grano de luz fecundo
sembrado en lo más tierno de tu seno.
Yo fui el río inquieto y sediento
que bebió de tí,
fui la criatura pequeña
que abrió tu ser al mundo
y te hizo trascender.
Al pasar los años
yo fui tu estela prolongada
fui tu retrato pintado
tus maneras usadas
tu viva imagen, pero en otra cara.
En mí se cumplieron todos tus milagros,
la gracia generadora de dar la vida.
Partiste el pan y comieron seis
y sobraba siempre
más de tu amor para repartirlo.
Yo jugué, yo crecí bajo tu sombra
despeinado, descuidado, quebradizo,
con las rodillas raspadas,
con la cáscara de la vida
filosa y brutal
marcándome las piernas y los brazos:
fui un niño que caía y se daba descalabros
pero tú, parchaste con tus besos
los retazos de mi llanto.
Yo no entendía entonces
la naturaleza de tu magia,
como un crío me dormía
al arrullo de tus nanas
y quería escucharte cantar siempre
en las sombras de mi cama.
Entre tus manos
mi manopequeñita floreció,
me hice hombre.
Me hice más duro, menos llorón,
me volví amante de otras manos,
de otras voces, crecí.
Pero nunca olvidé
el primer arrullo, del primer amor,
la voz en la cuna
de la primera que me amó.
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